Una reflexión sobre la Vida Religiosa

02.02.2021

Dimensión profética de la vida religiosa

Este tiempo de crisis global, en un mundo fracturado por la pandemia del Covid, el racismo, la violencia y la división, exige una respuesta profética de los religiosos y religiosas. El grito de "no puedo respirar" de George Floyd magnifica las luchas de millones de personas infectadas por el Covid o pisoteadas por estructuras opresivas, mientras que además muchas partes del planeta Tierra carecen del oxígeno necesario para que la vida florezca. ¿Cómo estamos llamadas/os a responder como religiosas y religiosos? ¿Qué puede ofrecer nuestra vida de votos, vivida en comunidad, en medio de este sufrimiento?

Patricia Murray, IBVM

La profecía de la fragilidad

El Covid-19 ha acentuado los rasgos del final de una era, un cambio de civilización. Y la historia nos dice que el período más o menos largo que precede al nacimiento de una nueva civilización es una etapa de decadencia: un tiempo caótico y lleno de incertidumbre, exactamente como este momento en el que nos encontramos.

Buscando inspiración para el momento actual, dirigí mi mirada a las primeras comunidades cristianas, que se desarrollaron y expandieron de manera inexplicable durante un período muy difícil para ellos, incluso más que el nuestro.

En este sentido, me sorprendió recientemente, al leer una profunda reflexión por parte de un pastor de la iglesia luterana, encontrarme con el neologismo "anti frágil" aplicado a la Iglesia. Hace una interpretación muy sugerente: los sistemas mecánicos son frágiles en su complejidad; los orgánicos, en cambio, son anti frágiles porque están diseñados para crecer bajo presión. Algunas partes de nuestro cuerpo, como los huesos o los músculos, por ejemplo, necesitan presión para mantenerse sanos y hacerse más fuertes. De manera similar, la iglesia primitiva fue un sistema profundamente anti frágil, que crecía y se hacía más fuerte a medida que se aumentaba la presión sobre él.

Lo mismo lo podemos aplicar a nuestras comunidades o congregaciones. Nacimos en condiciones de estrés, de presión, y nos desarrollamos mejor bajo esas condiciones. En cambio, cuando no existe esa presión nos relajamos, y perdemos fuerza y enfermamos.

Si vivir bajo presión forma parte de las condiciones habituales de la comunidad cristiana para su desarrollo y consolidación, entonces es normal que los primeros cristianos apreciaran tanto la virtud de la paciencia que, según el diccionario, es la "capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse".

Hablan sobre ella Cipriano de Cartago, Justino, Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano... considerándola una virtud peculiarmente cristiana, y la mayor y más alta de todas las virtudes. Saberse en las manos de Dios: sin querer controlar los acontecimientos, vivir sin ansias ni prisas, y sin usar jamás la fuerza para conseguir las metas que querían alcanzar. Justino la califica de extraña, y subraya que originó muchas conversiones de paganos.

Su testimonio fue como la levadura que se pone en la harina y la hace fermentar. Tanto los primeros cristianos como nuestros fundadores y fundadoras estuvieron activamente implicados en el nacimiento de lo nuevo en un mundo decadente.

Aunque los signos externos pudieran dar impresión de lo contrario, la Vida Religiosa tiene una gran actualidad. En la esencia de lo que estamos llamados/as a ser se encuentra exactamente lo que las mujeres y los hombres de hoy necesitamos. En el corazón de nuestra vida se encuentran una serie de no negociables que, vividos en autenticidad, tienen la enorme fuerza de lo germinal. El conjunto de una vida así ejerce de contraste profético ante las prácticas decadentes del momento actual y son paciente fermento de cambio.

Espero que "despertéis al mundo", porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía. Como dije a los Superiores Generales, "la radicalidad evangélica no es sólo de los religiosos: se exige a todos. Pero los religiosos siguen al Señor de manera especial, de modo profético". Esta es la prioridad que ahora se nos pide: "Ser profetas como Jesús ha vivido en esta tierra... Un religioso nunca debe renunciar a la profecía". (Carta Apostólica del Papa Francisco a todos los Consagrados, II, 2)

No la radicalidad, sino la profecía. O quizás mejor todavía, la radicalidad de la profecía. Evidentemente, no se trata de la profecía de ponerse como modelos de nadie en la Iglesia, sino más bien de la profecía de la pequeñez y de la debilidad, que testimonia la misericordia de Dios. La profecía - dice el H. Michaeldavide Semeraro - es la capacidad de englobar la muerte, el fracaso, la no visibilidad, la marginalidad y hacerlo como opción permanente para toda la vida.

Emili Turú, FMS